MALENA
Odio la cebolla, pero me parece increíble que haya una verdura que te robe lágrimas. Lágrimas saladas, que juntas forman un mar que tiene como esencia esa angustia. Un mar de cebollas.
viernes, 16 de septiembre de 2016
martes, 2 de diciembre de 2014
Caminábamos por la calle
Y de repente
Supiste algo
Te miré y mis ojos preguntaron
Tu cuerpo se había rodeado de extrañas ondas de un naranja vibrante
Parecían salir de la palma de tus manos y estar atraídas por tu corazón
Jugaban a toda velocidad, oscilaban, te recorrían de pies a cabeza
No parecías notarlo
Supiste y actuaste
Me llevaste al hospital y yo no podía creerlo
Sabías incluso dónde estaba
Esperé en la ventana
Ella, débil y pálida en la cama
La gente a su alrededor con el rostro arrugado
Entraste y nadie dijo nada, pero el aire cambió de inmediato
Despacio y en silencio te sentaste al lado suyo y las cintas bailaban al ritmo de un vals
Tu nariz y su mejilla se encontraron mientras los dos pares de ojos permanecían cerrados
Tu mano y la suya como un imán, y ahí casi un estallido
Sus ondas violetas renacieron con fuerza y bailaron con las tuyas
Crecían segundo a segundo, y todo se llenó de brillo
Se entrelazaban sin chocarse y llenaban la habitación
Frenéticas y divertidas, sabiéndose puras
Se complementaban, se sabían fuertes, se amaban
Iban más allá de todo
Esa fuerza era excepcional e inseparable
Los ojos sonreían y las bocas se encontraron
No hacía falta más
Energía
miércoles, 27 de agosto de 2014
Esa fracción de nuestro cuerpo que no es más que un pedazo de carne bastante parecida a un enjambre de fideos gruesos, no es capaz de retenerlo, pensaba él. Todo aquello que nos significó la esperanza más pura, el horror de nuestras vidas o el verdadero amor; nuestros pensamientos y recuerdos, todo eso que nos define para con nosotros mismos, se va. La decepción y el enojo que lo habían carcomido por dentro y lo habían alejado de su mejor amigo, la manera en que recordaba un beso en particular, la sonrisa en los ojos de un ser querido, el pánico, la adrenalina, la culpa. Todo estaría perdido.
Le resultaba absurdo tratar describir un recuerdo a otra persona: estaba seguro que con palabras no podía definir ni la mitad de las cosas, que las sensaciones eran imposibles de recrear, y que volver a los lugares e intentar darles una mística que ya no existe no tendría sentido alguno. Sentía que era un misterio humano que debía resolver, y se preguntó entonces al terminar su carrera en la facultad de medicina, por qué a nadie se le había ocurrido la misma solución que a él.
Le tomó años, pero el plan era tan brillante que hasta los errores estaban planificados. Él y su equipo de médicos especializados y psicólogos, llegaron finalmente a concretarlo. Premiado mundialmente y criticado también por miles de personas, desarrolló una suerte de realidad virtual. Había logrado meterse en el recuerdo de alguien y vivir exactamente la experiencia como esa persona la había vivido. Lograba así, guardar cáda experiencia sensorial en su mente, pudiendo diferenciar las propias de las ajenas. Nunca olvidaría el primer caso, el del anciano que decía haber visto el fantasma de su mujer fallecida en la puerta de su departamento. Escalofriante.
Luego de probarlo él mismo metiéndose en la cabeza de varios extraños que accedieron, decidió reunir a dos personas que hubiesen vivido la misma situación y que estuviesen dispuestas a vivenciar todo en la piel del otro. La gente, maravillada, aseguraba que todo se veía y se sentía totalmente diferente. Había resultado un éxito, todos querían probarlo.
Sólo una cosa no había planeado él, y fue eso lo que lo llevó a la conclusión final del experimento más grande de su vida. Ese detalle era la conexión que podían tener dos personas. La conexión entre aquellos que al verse aceleraban su ritmo, aquellos que nunca pudieron ocultar el deseo en la mirada ni dejar de transmitirse pensamientos. Sus corazones parecían latir al unísono, y al enfrentarlos en este duelo de realidades, no se sorprendieron. Veían, sentían y recordaban exactamente lo mismo. En ese momento entendió que por más que la curiosidad lo carcomiera, los recuerdos ajenos no eran relevantes para nadie más que para quien los hubiese vivido. Esa gente, conectada entre sí, no necesitaba de nadie más, y aquellos que no estuviesen conectados no tenían por qué meterse en la cabeza de otro.
Entendió que sí, que esos recuerdos morían porque debían morir, porque de ser perpetuos y transmisibles, no serían únicos, personales ni secretos, y que ese mundo paralelo que existe sólo en la cabeza de cada uno, no tiene por qué ser revelado jamás.
De un día para el otro, el edificio quedó abandonado, y el médico, satisfecho, desapareció cambiando su identidad sin dar explicaciones. Al tiempo la gente se olvidó de la novedad, dejó de creerle, y sólo un par de lunáticos siguieron obsesionados con la teoría de que realmente había existido semejante obra.
De todo esto, sólo quedó la esperanza en el corazón del médico de conocer a alguien con quien compartiera esa conexión, pero claro
que nunca
nadie
pudo saberlo.
martes, 12 de agosto de 2014
A la cabeza siempre estaba el rojo fuego, llevando consigo la fuerza, la pasión, lo absoluto, dejando detrás un humo denso que ayudaba a su mística. A su izquierda, a un ritmo perfecto y constante, corría el azul, sabiéndose poderoso con la fuerza y la suavidad del agua. Siempre habían tenido algo en común, algo sagrado, color del vino y de la lavanda: el violeta.
Detrás venían -algunos mas jadeantes que otros- todos los demás colores. Perdido en el humo pero ayudado por la luz de su compañero de atrás, venía el naranja intentando siempre parecerse al rojo, pero necesitando del amarillo para ver algo en aquella densa oscuridad. El amarillo, contento con su papel, irradiaba luz cálida y destellos de brillo mezclados con el escalofrío del trueno. Cuando se esforzaba mucho, lograba tocar al azul, y así de su mano surgía el verde, que según como ellos quisieran, podía pintar tiernas manzanas o vestir un soldado, darle fuerza a un bosque o lucir los ojos de una adolescente.
Se olvidaban de algunos, apurados en su marcha. Ante todo, alguien los nucleaba y sostenía, pero sólo si se mantenían unidos. En el piso yacía el marrón, que con las pisadas de todos armaba el chocolate, la corteza de los árboles y el cabello ondeado del muchacho que recorría el barrio en bicicleta.
Poco podía hacerse sin el blanco y el negro, ellos también eran fundamentales. Extremistas, algo soberbios, decidían ubicarse al final de esa desorganizada fila, corriendo a la par pero sin intentar pasar a ninguno. Tras ellos corrían miles, miles de colores dispersos que habían nacido de esos momentos en los que con un toque al azul hacían nacer un celeste, o con un toque al rojo sacaban un fuxia vibrante; esos momentos en los que sacaban un turquesa o un magenta de la galera.
Ellos eran los padres, la fuente de imaginación, pero al mismo tiempo, sentían que sin los demás colores no podían hacer nada; no veían el mérito en su única creación, el único color que creía haber fracasado: el gris. Y casualmente, él fue nuestro observador.
Trotaba solo, apartado, dejando pasar a los demás, inseguro de si mismo, casi sintiendo que de nada servía correr. En el fondo sabía que a ningún lado llegarían, que ni siquiera el rojo o el azul conocerían la perfección. Él, sabio y curtido, estaba seguro que la salida no era correr, no era adelantarse ni dejarse pisar, no era crear más. Miraba a su alrededor en busca de una salida que nadie hubiera visto en el apuro, pero hacía años que no la encontraba.
"¿Resignarme a seguir al resto o comenzar a ser yo mismo?" Se preguntaba siempre, mientras los miraba de lejos. Un día decidió dejar de correr y sentarse a pensar por sí solo. Fue así como consideró el sol que él sí era un color que merecía llegar a la meta.
viernes, 1 de agosto de 2014
miércoles, 9 de julio de 2014
Soñaba siempre y creía ver entre sombras una versión de mí que había nacido a la edad de mi muerte y repetía, análogamente, la historia de mi vida a la inversa.
Sólo sabía dos cosas antes de conocerla: la primera era que no existía en realidad, y la segunda era que en caso de que la primera creencia fuese falsa, yo no debía haberlo descubierto.
¿Qué sentido tenía su existencia? ¿Qué conclusión sobre la vida podía sacar al conocerla? Me daba tanto miedo enterarme de eso que buscando, asustada, la asusté. Un día me pregunté, ¿a qué exactamente tengo miedo? ¿por qué tenemos tanto miedo a conocer el destino? ¿es que de verdad creemos que nosotros mismos lo hacemos, que de verdad no está escrito?
En esa época, aunque ya había empezado a salir con Martín, vivía sola en una casa bastante grande que había heredado de mis padres. El día previo a mi cumpleaños número 36 -sábado, cómo olvidarlo- había organizado allí una reunión para festejar con mis compañeros de trabajo y amigos de toda la vida. Faltando pocos minutos para las doce de la noche, subí a mi cuarto a buscar la cámara de fotos. Conociendo tanto la casa como para andar a oscuras, no prendí las luces, y me guié con la poca luz que entraba por las ventanas. De espaldas a la puerta, buscando la cámara en el mueble, ví pasar su sombra. Esta vez no quise esperar más, algo me dijo que no estaría allí para siempre.
La saludé y ví su sombra detenerse. De a poco me di vuelta y nos vimos a los ojos, iguales como dos gotas de agua, pero no en cuerpo, sino en alma.
En ese mismo momento me di cuenta que estaba por perderla para siempre. Yo me moriría a los 70 años, y sólo durante mi año de vida número 35 nos cruzaríamos. Había pasado un año temiéndole y cuando la encontré sólo pude mirarla porque el tiempo se me había acabado. Mirándola entendí que a pesar de saber que mi destino o las cosas mas importantes de mi vida ya estaban escritas, era imposible que las conociera.
Las cosas sobrenaturales nunca van a revelarse completamente, porque por el contrario dejarían de serlo; pero sí seguirán apareciendo para recordarnos que no lo sabemos todo, que no somo omnipotentes ni totalmente responsables de nuestro destino.
Todavía clavada en sus ojos, comprendí que era la única conclusión que iba a sacar. Una llamada de atención de esas que se hacen a una persona en un millón, y que las demás nunca creen.
martes, 1 de julio de 2014
Los cargaba en su alma, los sentía desatar eternas guerras dentro suyo sin llegar nunca a un acuerdo, lastimándose sin razón, desaprovechando - casi a consciencia- lo que podrían lograr juntos.
Sentimientos y razón cargaba ella, cáda uno representado en un anillo. Pesaban, pero daban una sensación de paz interior, daban una ilusión de balance.
En la derecha, la razón, traslúcida, verde esperanza, tan enigmática como para que desde ella se pudiera comprender el universo en un abrir y cerrar de ojos. Era de ella, era eterna, era universal, nadie la destronaba.
En la izquierda, un corazón dorado se dejaba ver desde su protección. Pequeño, pero con el lugar justo para albergar lo necesario. Lo suficientemente fuerte como para pelear con quien indiscutiblemente siempre representaba el bien, haciendo ver la aventura de no seguir ese camino.
¿Sentimientos o razón? Pensaba ella, y se miraba las manos buscando una respuesta. Dependia de ella en realidad, y de los riesgos que estuviera dispuesta a tomar. Sólo asi sus anillos representarían un apoyo, hasta el día en que se diera cuenta que en realidad, todo estaba dentro suyo.