viernes, 1 de agosto de 2014



Ella


Él había sido lo único que me hacía sentir viva, mi ilusión, quien me entendía y me amaba de verdad, lo más importante en mi vida; y ya no lo tenía conmigo.
Lo había despedido en el aeropuerto, anhelando ya su regreso y no había imaginado que ese beso sería el último y que sus manos ya no se aferrarían a mí como lo habían hecho.  Nunca imaginé que ese vuelo le quitaría la vida.
Me sentía destruida, impotente, vacía. Sabía que daba mi vida por un minuto más, por un "te amo" más. Había sido todo muy rápido, en cuestión de minutos el motor había dejado de funcionar y desestabilizado el avión haciéndolo caer al océano. No se habían encontrado restos .

No podía controlar mis lágrimas y mi angustia en aquel día lluvioso en que me dieron la noticia. Caminaba por la casa desorientada y la molestia en el pecho no parecía querer irse. Fue entonces cuando no aguanté más. No podía dejar de recordar todos los momentos que habíamos pasado juntos en esos siete años. Sentía su voz, su perfume, su torpeza, su risa. Todo lo que veía me recordaba a él, y no sabía qué hacer ahora que ya no estaba sentado en el sillón conmigo y las camisas que había dejado ya no vestían su cuerpo.

Fue entonces cuando abrí la puerta de mi casa y ví la desolación de esa pequeña ciudad pegada al mar. Corrí por el asfalto húmedo y me metí en uno de los caminos que llevaban a la playa. Corrí por la arena mojada y subí el pequeño médano dejando que las lágrimas se mezclaran con la lluvia. Con la respiración demasiado agitada me tomé un segundo para contemplarlo todo: el mar estaba enfurecido, la arena oscura y compactada, y a mi derecha tenía el acantilado de piedra. Ni lo dudé, y no me detuve hasta que llegué a la parte más alta. Me paré en el borde y miré para abajo: ahí estaban las aguas agitadas por la tormenta golpeando contra las rocas. No podía parar de llorar. Sabía que debía ser fuerte pero no podía, él había sido el hombre de mi vida y ya no quería seguir viviendo sin él. Sólo deseaba sentir que volaba en ésa caída y luego dejar que el mar hiciera de mi lo que se le antojara. Estaba atemorizada y sentía frío. Pensé en él una vez más y despegué mis pies del borde.

Fue entonces cuando oí un grito desesperado y lleno de dolor, una voz que gritaba mi nombre, una voz inconfundible, su voz; y en ése instante de la caída lo ví, lejano en la playa corriendo hacia mí. Ya no podía detenerme, ya casi tocaba el agua. Quise gritar de dolor y de pánico, cuando me di cuenta que él estaba vivo por alguna razón y yo estaba suicidándome. Pero fue tarde, el agua tapó mi boca y ya casi no era consciente.

-Te amo para siempre-  Pensé, poniendo todas mis fuerzas en que él lo escuchara, pero sabiendo que no era ni una mínima parte de lo que sentía. 



Él

Odiaba mentirle, hacía siete años estábamos juntos y no nos escondíamos secretos; pero esa vez quería darle una sorpresa. Recuerdo que fue una noche de martes cuando le pedí que a la mañana siguiente me acompañara al aeropuerto; le dije que  tenía que viajar a Alemania por tres días, porque mi jefe me había encargado un trabajo especial. Ella, sonriente, aceptó.

Al día siguiente, charlamos todo el viaje, como solíamos hacer, y me dejó en la puerta de la terminal, ya que le había explicado que no tenía sentido que se quedara hasta que yo me fuera, y que además tenía pendientes unos trámites previos al embarque. Nos despedimos con un beso, esperé media hora en el café  y en vez de subirme a un avión, alquilé un auto. Mi plan era ir hasta un pueblo cercano, donde sólo debía encontrarme con un viejo amigo que me vendería, mediante un contrato, una hermosa casa en ese tranquilo lugar. 

Era una casa de ensueño, en medio del campo y quería llevarla allí cuando ya fuera nuestra. Ella siempre había querido una casa como ésa; tan grande, espaciosa, luminosa, con techo a dos aguas, pintada de azul.
Feliz de  poder cumplir nuestro sueño, imaginaba nuestra vida mientras conducía el silencioso Megan en la ruta mojada por la lluvia. Escuchaba en la radio las noticias, parecía un día tranquilo, sin tráfico. De pronto oí que anunciaban un accidente de avión ocurrido hacía una hora, y subí el volumen. Un vuelo a Alemania había tenido un desperfecto en el motor y había caído al océano sin dejar rastros. El número de vuelo coincidía con el que yo le había dicho que tomaría. 

Paré el auto al costado de la ruta para llamarla y decirle la verdad, aunque arruinara mi sorpresa, pero no contestó el teléfono. Llamé a la casa de sus padres y tampoco contestaron. Tuve la esperanza  de que cuando por la televisión djieran los nombres de los fallecidos, ella no encontrara el mio y supiera que estaba vivo. 

Conduje rapidísimo luchando con la lluvia y la niebla, buscando alguna manera de tomar el carril contrario para poder regresar. Fui a una velocidad que sobrepasaba los límites pese a lo resbaladizo que estaba el asfalto y pude llegar a la cuidad al poco tiempo. 

Cuando llegué a casa, encontré la puerta abierta. Entré y la busqué por todos lados. Encontré su teléfono, sus cosas, pero ella no estaba. Corrí hacia la playa, lugar en el que siempre le había gustado estar, aún en los días de lluvia. Me paré en un médano alto, buscandola, sin importarme nada. 

Fue entonces cuando la ví, lejos, en la punta del acantilado, y no podía estar haciendo otra cosa que suicidarse. Desesperé, corrí y grité su nombre, pero fue tarde. Supe que me había escuchado, y ví como atinaba a mover la cabeza hacia donde yo estaba. La ví caer y un segundo después no la ví más. Grité con todas mis fuerzas, y corrí al mar a buscar su cuerpo, luchando con las aguas que jugaban sin piedad con el mio. 

En un momento creí verla y nadé hacia ella. Toqué su mano fría y blanca pero la corriente se la llevó de nuevo. Mi cuerpo estaba congelado, casi no podía sentir las extremidades. Lo que siguió duró tan poco que no tuve ni tiempo de tomar aire, y fue esa última ola la que terminó también con mi vida.


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