Existió un hombre una vez, que antes de convertirse en un exitoso médico fue un niño. Un niño y luego un adolescente. Un muchacho tímido, obsesionado con los recuerdos y la manera en que su mente los guardaba. "¿Por qué me acuerdo de algunas cosas sí y de otras no, abuelo? ¿Por qué mis recuerdos tienen una luz, un olor, un sonido o un sabor especial, distinto al que pondría otra persona en el mismo hecho si éste estuviera grabado en su mente? ¿Emilio, por qué pensás que tengo tan presentes algunos detalles insignificantes de mi vida? ¿Todos tenemos la misma perspectiva, mamá?" La cabeza le daba miles de vueltas a todo esto, sin embargo, había una pregunta que siempre lo había torturado más, y hasta lo había decepcionado un poco: ¿Dónde va a parar todo eso que somos, que vivimos y que sentimos, el día que dejamos de existir? ¿Quién se queda con eso cuando todo termina? Más allá de que alguien pueda acordarse de nosotros o recordar los hechos, ¿dónde queda la manera en que nosotros lo vivimos, los recuerdos exactos, las sensaciones imborrables?
Esa fracción de nuestro cuerpo que no es más que un pedazo de carne bastante parecida a un enjambre de fideos gruesos, no es capaz de retenerlo, pensaba él. Todo aquello que nos significó la esperanza más pura, el horror de nuestras vidas o el verdadero amor; nuestros pensamientos y recuerdos, todo eso que nos define para con nosotros mismos, se va. La decepción y el enojo que lo habían carcomido por dentro y lo habían alejado de su mejor amigo, la manera en que recordaba un beso en particular, la sonrisa en los ojos de un ser querido, el pánico, la adrenalina, la culpa. Todo estaría perdido.
Le resultaba absurdo tratar describir un recuerdo a otra persona: estaba seguro que con palabras no podía definir ni la mitad de las cosas, que las sensaciones eran imposibles de recrear, y que volver a los lugares e intentar darles una mística que ya no existe no tendría sentido alguno. Sentía que era un misterio humano que debía resolver, y se preguntó entonces al terminar su carrera en la facultad de medicina, por qué a nadie se le había ocurrido la misma solución que a él.
Le tomó años, pero el plan era tan brillante que hasta los errores estaban planificados. Él y su equipo de médicos especializados y psicólogos, llegaron finalmente a concretarlo. Premiado mundialmente y criticado también por miles de personas, desarrolló una suerte de realidad virtual. Había logrado meterse en el recuerdo de alguien y vivir exactamente la experiencia como esa persona la había vivido. Lograba así, guardar cáda experiencia sensorial en su mente, pudiendo diferenciar las propias de las ajenas. Nunca olvidaría el primer caso, el del anciano que decía haber visto el fantasma de su mujer fallecida en la puerta de su departamento. Escalofriante.
Luego de probarlo él mismo metiéndose en la cabeza de varios extraños que accedieron, decidió reunir a dos personas que hubiesen vivido la misma situación y que estuviesen dispuestas a vivenciar todo en la piel del otro. La gente, maravillada, aseguraba que todo se veía y se sentía totalmente diferente. Había resultado un éxito, todos querían probarlo.
Sólo una cosa no había planeado él, y fue eso lo que lo llevó a la conclusión final del experimento más grande de su vida. Ese detalle era la conexión que podían tener dos personas. La conexión entre aquellos que al verse aceleraban su ritmo, aquellos que nunca pudieron ocultar el deseo en la mirada ni dejar de transmitirse pensamientos. Sus corazones parecían latir al unísono, y al enfrentarlos en este duelo de realidades, no se sorprendieron. Veían, sentían y recordaban exactamente lo mismo. En ese momento entendió que por más que la curiosidad lo carcomiera, los recuerdos ajenos no eran relevantes para nadie más que para quien los hubiese vivido. Esa gente, conectada entre sí, no necesitaba de nadie más, y aquellos que no estuviesen conectados no tenían por qué meterse en la cabeza de otro.
Entendió que sí, que esos recuerdos morían porque debían morir, porque de ser perpetuos y transmisibles, no serían únicos, personales ni secretos, y que ese mundo paralelo que existe sólo en la cabeza de cada uno, no tiene por qué ser revelado jamás.
De un día para el otro, el edificio quedó abandonado, y el médico, satisfecho, desapareció cambiando su identidad sin dar explicaciones. Al tiempo la gente se olvidó de la novedad, dejó de creerle, y sólo un par de lunáticos siguieron obsesionados con la teoría de que realmente había existido semejante obra.
De todo esto, sólo quedó la esperanza en el corazón del médico de conocer a alguien con quien compartiera esa conexión, pero claro
que nunca
nadie
pudo saberlo.
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