Pasé años buscándolo inconscientemente, sin encontrarlo por el simple hecho de que tenía miedo. Buscándome, en realidad, teniéndome miedo, para ser más precisos.
Soñaba siempre y creía ver entre sombras una versión de mí que había nacido a la edad de mi muerte y repetía, análogamente, la historia de mi vida a la inversa.
Sólo sabía dos cosas antes de conocerla: la primera era que no existía en realidad, y la segunda era que en caso de que la primera creencia fuese falsa, yo no debía haberlo descubierto.
¿Qué sentido tenía su existencia? ¿Qué conclusión sobre la vida podía sacar al conocerla? Me daba tanto miedo enterarme de eso que buscando, asustada, la asusté. Un día me pregunté, ¿a qué exactamente tengo miedo? ¿por qué tenemos tanto miedo a conocer el destino? ¿es que de verdad creemos que nosotros mismos lo hacemos, que de verdad no está escrito?
En esa época, aunque ya había empezado a salir con Martín, vivía sola en una casa bastante grande que había heredado de mis padres. El día previo a mi cumpleaños número 36 -sábado, cómo olvidarlo- había organizado allí una reunión para festejar con mis compañeros de trabajo y amigos de toda la vida. Faltando pocos minutos para las doce de la noche, subí a mi cuarto a buscar la cámara de fotos. Conociendo tanto la casa como para andar a oscuras, no prendí las luces, y me guié con la poca luz que entraba por las ventanas. De espaldas a la puerta, buscando la cámara en el mueble, ví pasar su sombra. Esta vez no quise esperar más, algo me dijo que no estaría allí para siempre.
La saludé y ví su sombra detenerse. De a poco me di vuelta y nos vimos a los ojos, iguales como dos gotas de agua, pero no en cuerpo, sino en alma.
En ese mismo momento me di cuenta que estaba por perderla para siempre. Yo me moriría a los 70 años, y sólo durante mi año de vida número 35 nos cruzaríamos. Había pasado un año temiéndole y cuando la encontré sólo pude mirarla porque el tiempo se me había acabado. Mirándola entendí que a pesar de saber que mi destino o las cosas mas importantes de mi vida ya estaban escritas, era imposible que las conociera.
Las cosas sobrenaturales nunca van a revelarse completamente, porque por el contrario dejarían de serlo; pero sí seguirán apareciendo para recordarnos que no lo sabemos todo, que no somo omnipotentes ni totalmente responsables de nuestro destino.
Todavía clavada en sus ojos, comprendí que era la única conclusión que iba a sacar. Una llamada de atención de esas que se hacen a una persona en un millón, y que las demás nunca creen.
Odio la cebolla, pero me parece increíble que haya una verdura que te robe lágrimas. Lágrimas saladas, que juntas forman un mar que tiene como esencia esa angustia. Un mar de cebollas.
miércoles, 9 de julio de 2014
martes, 1 de julio de 2014
Sentimientos y razón llevaba ella, uno en cada mano, para no olvidarlos.
Los cargaba en su alma, los sentía desatar eternas guerras dentro suyo sin llegar nunca a un acuerdo, lastimándose sin razón, desaprovechando - casi a consciencia- lo que podrían lograr juntos.
Sentimientos y razón cargaba ella, cáda uno representado en un anillo. Pesaban, pero daban una sensación de paz interior, daban una ilusión de balance.
En la derecha, la razón, traslúcida, verde esperanza, tan enigmática como para que desde ella se pudiera comprender el universo en un abrir y cerrar de ojos. Era de ella, era eterna, era universal, nadie la destronaba.
En la izquierda, un corazón dorado se dejaba ver desde su protección. Pequeño, pero con el lugar justo para albergar lo necesario. Lo suficientemente fuerte como para pelear con quien indiscutiblemente siempre representaba el bien, haciendo ver la aventura de no seguir ese camino.
¿Sentimientos o razón? Pensaba ella, y se miraba las manos buscando una respuesta. Dependia de ella en realidad, y de los riesgos que estuviera dispuesta a tomar. Sólo asi sus anillos representarían un apoyo, hasta el día en que se diera cuenta que en realidad, todo estaba dentro suyo.
Los cargaba en su alma, los sentía desatar eternas guerras dentro suyo sin llegar nunca a un acuerdo, lastimándose sin razón, desaprovechando - casi a consciencia- lo que podrían lograr juntos.
Sentimientos y razón cargaba ella, cáda uno representado en un anillo. Pesaban, pero daban una sensación de paz interior, daban una ilusión de balance.
En la derecha, la razón, traslúcida, verde esperanza, tan enigmática como para que desde ella se pudiera comprender el universo en un abrir y cerrar de ojos. Era de ella, era eterna, era universal, nadie la destronaba.
En la izquierda, un corazón dorado se dejaba ver desde su protección. Pequeño, pero con el lugar justo para albergar lo necesario. Lo suficientemente fuerte como para pelear con quien indiscutiblemente siempre representaba el bien, haciendo ver la aventura de no seguir ese camino.
¿Sentimientos o razón? Pensaba ella, y se miraba las manos buscando una respuesta. Dependia de ella en realidad, y de los riesgos que estuviera dispuesta a tomar. Sólo asi sus anillos representarían un apoyo, hasta el día en que se diera cuenta que en realidad, todo estaba dentro suyo.
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