miércoles, 27 de agosto de 2014

Existió un hombre una vez, que antes de convertirse en un exitoso médico fue un niño. Un niño y luego un adolescente. Un muchacho tímido, obsesionado con los recuerdos y la manera en que su mente los guardaba. "¿Por qué me acuerdo de algunas cosas sí y de otras no, abuelo? ¿Por qué mis recuerdos tienen una luz, un olor, un sonido o un sabor especial, distinto al que pondría otra persona en el mismo hecho si éste estuviera grabado en su mente? ¿Emilio, por qué pensás que tengo tan presentes algunos detalles insignificantes de mi vida? ¿Todos tenemos la misma perspectiva, mamá?" La cabeza le daba miles de vueltas a todo esto, sin embargo, había una pregunta que siempre lo había torturado más, y hasta lo había decepcionado un poco: ¿Dónde va a parar todo eso que somos, que vivimos y que sentimos, el día que dejamos de existir? ¿Quién se queda con eso cuando todo termina? Más allá de que alguien pueda acordarse de nosotros o recordar los hechos, ¿dónde queda la manera en que nosotros lo vivimos, los recuerdos exactos, las sensaciones imborrables?

Esa fracción de nuestro cuerpo que no es más que un pedazo de carne bastante parecida a un enjambre de fideos gruesos, no es capaz de retenerlo, pensaba él. Todo aquello que nos significó la esperanza más pura, el horror de nuestras vidas o el verdadero amor; nuestros pensamientos y recuerdos, todo eso que nos define para con nosotros mismos, se va. La decepción y el enojo que lo habían carcomido por dentro y lo habían alejado de su mejor amigo, la manera en que recordaba un beso en particular, la sonrisa en los ojos de un ser querido, el pánico, la adrenalina, la culpa. Todo estaría perdido.

Le resultaba absurdo tratar describir un recuerdo a otra persona: estaba seguro que con palabras no podía definir ni la mitad de las cosas, que las sensaciones eran imposibles de recrear, y que volver a los lugares e intentar darles una mística que ya no existe no tendría sentido alguno. Sentía que era un misterio humano que debía resolver, y se preguntó entonces al terminar su carrera en la facultad de medicina, por qué a nadie se le había ocurrido la misma solución que a él. 

Le tomó años, pero el plan era tan brillante que hasta los errores estaban planificados. Él y su equipo de médicos especializados y psicólogos, llegaron finalmente a concretarlo. Premiado mundialmente y criticado también por miles de personas, desarrolló una suerte de realidad virtual. Había logrado meterse en el recuerdo de alguien y vivir exactamente la experiencia como esa persona la había vivido. Lograba así, guardar cáda experiencia sensorial en su mente, pudiendo diferenciar las propias de las ajenas. Nunca olvidaría el primer caso, el del anciano que decía haber visto el fantasma de su mujer fallecida en la puerta de su departamento. Escalofriante.

Luego de probarlo él mismo metiéndose en la cabeza de varios extraños que accedieron, decidió reunir a dos personas que hubiesen vivido la misma situación y que estuviesen dispuestas a vivenciar todo en la piel del otro. La gente, maravillada, aseguraba que todo se veía y se sentía totalmente diferente. Había resultado un éxito, todos querían probarlo.

Sólo una cosa no había planeado él, y fue eso lo que lo llevó a la conclusión final del experimento más grande de su vida. Ese detalle era la conexión que podían tener dos personas. La conexión entre aquellos que al verse aceleraban su ritmo, aquellos que nunca pudieron ocultar el deseo en la mirada ni dejar de transmitirse pensamientos. Sus corazones parecían latir al unísono, y al enfrentarlos en este duelo de realidades, no se sorprendieron. Veían, sentían y recordaban exactamente lo mismo. En ese momento entendió que por más que la curiosidad lo carcomiera, los recuerdos ajenos no eran relevantes para nadie más que para quien los hubiese vivido. Esa gente, conectada entre sí, no necesitaba de nadie más, y aquellos que no estuviesen conectados no tenían por qué meterse en la cabeza de otro. 

Entendió que sí, que esos recuerdos morían porque debían morir, porque de ser perpetuos y transmisibles, no serían únicos, personales ni secretos, y que ese mundo paralelo que existe sólo en la cabeza de cada uno, no tiene por qué ser revelado jamás. 

De un día para el otro, el edificio quedó abandonado, y el médico, satisfecho, desapareció cambiando su identidad sin dar explicaciones. Al tiempo la gente se olvidó de la novedad, dejó de creerle, y sólo un par de lunáticos siguieron obsesionados con la teoría de que realmente había existido semejante obra.  

De todo esto, sólo quedó la esperanza en el corazón del médico de conocer a alguien con quien compartiera esa conexión, pero claro 

que nunca

nadie 

pudo saberlo. 

martes, 12 de agosto de 2014

A veces el sol me cuenta la historia de la carrera que corrían los colores intentando llegar a ser perfectos. Él la observaba muy bien, pero según dice, hay alguien que logró observarla mejor: su ganador. 

A la cabeza siempre estaba el rojo fuego, llevando consigo la fuerza, la pasión, lo absoluto, dejando detrás un humo denso que ayudaba a su mística. A su izquierda, a un ritmo perfecto y constante, corría el azul, sabiéndose poderoso con la fuerza y la suavidad del agua. Siempre habían tenido algo en común, algo sagrado, color del vino y de la lavanda: el violeta.

Detrás venían -algunos mas jadeantes que otros- todos los demás colores. Perdido en el humo pero ayudado por la luz de su compañero de atrás, venía el naranja intentando siempre parecerse al rojo, pero necesitando del amarillo para ver algo en aquella densa oscuridad. El amarillo, contento con su papel, irradiaba luz cálida y destellos de brillo mezclados con el escalofrío del trueno. Cuando se esforzaba mucho, lograba tocar al azul, y así de su mano surgía el verde, que según como ellos quisieran, podía pintar tiernas manzanas o vestir un soldado, darle fuerza a un bosque o lucir los ojos de una adolescente.

Se olvidaban de algunos, apurados en su marcha. Ante todo, alguien los nucleaba y sostenía, pero sólo si se mantenían unidos. En el piso yacía el marrón, que con las pisadas de todos armaba el chocolate, la corteza de los árboles y el cabello ondeado del muchacho que recorría el barrio en bicicleta. 

Poco podía hacerse sin el blanco y el negro, ellos también eran fundamentales. Extremistas, algo soberbios, decidían ubicarse al final de esa desorganizada fila, corriendo a la par pero sin intentar pasar a ninguno. Tras ellos corrían miles, miles de colores dispersos que habían nacido de esos momentos en los que con un toque al azul hacían nacer un celeste, o con un toque al rojo sacaban un fuxia vibrante; esos momentos en los que sacaban un turquesa o un magenta de la galera. 

Ellos eran los padres, la fuente de imaginación, pero al mismo tiempo,  sentían que sin los demás colores no podían hacer nada; no veían el mérito en su única creación, el único color que creía haber fracasado: el gris. Y casualmente, él fue nuestro observador.

Trotaba solo, apartado, dejando pasar a los demás, inseguro de si mismo, casi sintiendo que de nada servía correr. En el fondo sabía que a ningún lado llegarían, que ni siquiera el rojo o  el azul conocerían la perfección. Él, sabio y curtido, estaba seguro que la salida no era correr, no era adelantarse ni dejarse pisar, no era crear más. Miraba a su alrededor en busca de una salida que nadie hubiera visto en el apuro, pero hacía años que no la encontraba. 

"¿Resignarme a seguir al resto o comenzar a ser yo mismo?" Se preguntaba siempre, mientras los miraba de lejos. Un día decidió dejar de correr y sentarse a pensar por sí solo. Fue así como consideró el sol que él sí era un color que merecía llegar a la meta. 



viernes, 1 de agosto de 2014



Ella


Él había sido lo único que me hacía sentir viva, mi ilusión, quien me entendía y me amaba de verdad, lo más importante en mi vida; y ya no lo tenía conmigo.
Lo había despedido en el aeropuerto, anhelando ya su regreso y no había imaginado que ese beso sería el último y que sus manos ya no se aferrarían a mí como lo habían hecho.  Nunca imaginé que ese vuelo le quitaría la vida.
Me sentía destruida, impotente, vacía. Sabía que daba mi vida por un minuto más, por un "te amo" más. Había sido todo muy rápido, en cuestión de minutos el motor había dejado de funcionar y desestabilizado el avión haciéndolo caer al océano. No se habían encontrado restos .

No podía controlar mis lágrimas y mi angustia en aquel día lluvioso en que me dieron la noticia. Caminaba por la casa desorientada y la molestia en el pecho no parecía querer irse. Fue entonces cuando no aguanté más. No podía dejar de recordar todos los momentos que habíamos pasado juntos en esos siete años. Sentía su voz, su perfume, su torpeza, su risa. Todo lo que veía me recordaba a él, y no sabía qué hacer ahora que ya no estaba sentado en el sillón conmigo y las camisas que había dejado ya no vestían su cuerpo.

Fue entonces cuando abrí la puerta de mi casa y ví la desolación de esa pequeña ciudad pegada al mar. Corrí por el asfalto húmedo y me metí en uno de los caminos que llevaban a la playa. Corrí por la arena mojada y subí el pequeño médano dejando que las lágrimas se mezclaran con la lluvia. Con la respiración demasiado agitada me tomé un segundo para contemplarlo todo: el mar estaba enfurecido, la arena oscura y compactada, y a mi derecha tenía el acantilado de piedra. Ni lo dudé, y no me detuve hasta que llegué a la parte más alta. Me paré en el borde y miré para abajo: ahí estaban las aguas agitadas por la tormenta golpeando contra las rocas. No podía parar de llorar. Sabía que debía ser fuerte pero no podía, él había sido el hombre de mi vida y ya no quería seguir viviendo sin él. Sólo deseaba sentir que volaba en ésa caída y luego dejar que el mar hiciera de mi lo que se le antojara. Estaba atemorizada y sentía frío. Pensé en él una vez más y despegué mis pies del borde.

Fue entonces cuando oí un grito desesperado y lleno de dolor, una voz que gritaba mi nombre, una voz inconfundible, su voz; y en ése instante de la caída lo ví, lejano en la playa corriendo hacia mí. Ya no podía detenerme, ya casi tocaba el agua. Quise gritar de dolor y de pánico, cuando me di cuenta que él estaba vivo por alguna razón y yo estaba suicidándome. Pero fue tarde, el agua tapó mi boca y ya casi no era consciente.

-Te amo para siempre-  Pensé, poniendo todas mis fuerzas en que él lo escuchara, pero sabiendo que no era ni una mínima parte de lo que sentía. 



Él

Odiaba mentirle, hacía siete años estábamos juntos y no nos escondíamos secretos; pero esa vez quería darle una sorpresa. Recuerdo que fue una noche de martes cuando le pedí que a la mañana siguiente me acompañara al aeropuerto; le dije que  tenía que viajar a Alemania por tres días, porque mi jefe me había encargado un trabajo especial. Ella, sonriente, aceptó.

Al día siguiente, charlamos todo el viaje, como solíamos hacer, y me dejó en la puerta de la terminal, ya que le había explicado que no tenía sentido que se quedara hasta que yo me fuera, y que además tenía pendientes unos trámites previos al embarque. Nos despedimos con un beso, esperé media hora en el café  y en vez de subirme a un avión, alquilé un auto. Mi plan era ir hasta un pueblo cercano, donde sólo debía encontrarme con un viejo amigo que me vendería, mediante un contrato, una hermosa casa en ese tranquilo lugar. 

Era una casa de ensueño, en medio del campo y quería llevarla allí cuando ya fuera nuestra. Ella siempre había querido una casa como ésa; tan grande, espaciosa, luminosa, con techo a dos aguas, pintada de azul.
Feliz de  poder cumplir nuestro sueño, imaginaba nuestra vida mientras conducía el silencioso Megan en la ruta mojada por la lluvia. Escuchaba en la radio las noticias, parecía un día tranquilo, sin tráfico. De pronto oí que anunciaban un accidente de avión ocurrido hacía una hora, y subí el volumen. Un vuelo a Alemania había tenido un desperfecto en el motor y había caído al océano sin dejar rastros. El número de vuelo coincidía con el que yo le había dicho que tomaría. 

Paré el auto al costado de la ruta para llamarla y decirle la verdad, aunque arruinara mi sorpresa, pero no contestó el teléfono. Llamé a la casa de sus padres y tampoco contestaron. Tuve la esperanza  de que cuando por la televisión djieran los nombres de los fallecidos, ella no encontrara el mio y supiera que estaba vivo. 

Conduje rapidísimo luchando con la lluvia y la niebla, buscando alguna manera de tomar el carril contrario para poder regresar. Fui a una velocidad que sobrepasaba los límites pese a lo resbaladizo que estaba el asfalto y pude llegar a la cuidad al poco tiempo. 

Cuando llegué a casa, encontré la puerta abierta. Entré y la busqué por todos lados. Encontré su teléfono, sus cosas, pero ella no estaba. Corrí hacia la playa, lugar en el que siempre le había gustado estar, aún en los días de lluvia. Me paré en un médano alto, buscandola, sin importarme nada. 

Fue entonces cuando la ví, lejos, en la punta del acantilado, y no podía estar haciendo otra cosa que suicidarse. Desesperé, corrí y grité su nombre, pero fue tarde. Supe que me había escuchado, y ví como atinaba a mover la cabeza hacia donde yo estaba. La ví caer y un segundo después no la ví más. Grité con todas mis fuerzas, y corrí al mar a buscar su cuerpo, luchando con las aguas que jugaban sin piedad con el mio. 

En un momento creí verla y nadé hacia ella. Toqué su mano fría y blanca pero la corriente se la llevó de nuevo. Mi cuerpo estaba congelado, casi no podía sentir las extremidades. Lo que siguió duró tan poco que no tuve ni tiempo de tomar aire, y fue esa última ola la que terminó también con mi vida.