sábado, 28 de junio de 2014

Una noche decidí acostarme en el pasto a ver la luna. Estaba nublado pero ella, blanca y brillante como nunca, luchaba por hacerse un lugar en ese mar suspendido en el aire.

Hacía frío y se sentía caer el rocío de la noche, pero no había viento. El silencio era perfecto, se oía apenas el cantar de algún grillo y el ruido de las hojas de los árboles, pero nada más. 
Sumida en mis pensamientos cerré los ojos y sentí que de a poco me empezaba a elevar. No quise perder esa sensación, sabía que no podía estar pasando, pero se sentía tan fuerte y tan real que no me animé a abrir los ojos.
Mi cuerpo de a poco se despegaba del piso, empezando con la cabeza, luego con la espalda, unos segundos después, los pies. Sentía la brisa pegarme de frente, como si estuviese subiendo, pero ninguna parte de mi cuerpo tiraba hacia abajo. El movimiento era casi imperceptible, pero estaba casi segura de estar volando. A los pocos minutos me sentí caer un poco y frenar. Abrí los ojos, algo decepcionada, esperando encontrar la realidad, y me sorprendí. 

Me vi acostada sin ningún esfuerzo sobre un colchón de nubes que parecía no terminar nunca. Un eterno mar blanco y esponjoso que me contenía. Miré hacia arriba y ví, mas claro que nunca, el cielo estrellado y la luna, gigante, irradiando una luz que permitía ver las cosas con la claridad justa para no interrumpir la calma. 
Supuse entonces que podía sentarme, y así fue. Ahí me quedé, observando el paisaje unos minutos, sintiendo el viento, el silencio infinito, la inmensidad de lo que me rodeaba.

Miré cáda estrella, y como tantas veces había hecho, me recordé a mi misma cuán pequeños éramos con respecto al universo y qué difícil era notarlo en el día a día, sumidos en nuestros problemas que siempre parecen inmensos. Miré cáda estrella y me aterró la inmensidad, lo desconocido, el infinito y lo que éste podía contener. Incontable cantidad de planetas, estrellas y galaxias, y nosotros situados en un punto casi imperceptible. 

Más de seis mil millones de almas, con sus respectivos sentimientos, sueños, valores, historias y culturas, conviviendo -bien o mal- y luchando a su manera por lo que esperan para sí y para los demás. Más de seis mil millones de almas entrelazadas, a veces sin saberlo, a veces estando cerca y a veces estando tan lejos. Gente enamorada, gente transitando una crisis, gente emocionada, gente sabia, gente con odio, gente con esperanza, gente buscándose a si misma, buscando alguien con quién compartir la vida. En un mismo instante en ese punto insignificante, gente haciendo el amor, gente con un arma en la mano, gente llorando desconsolada, gente arrpentida, gente orgullosa de un logro, gente dependiendo de alguien o de algo, gente tratando de olvidarse de todo. Vi todo eso, los vi, nos ví, solos y a la vez juntos, tan fuertes y a la vez tan débiles por dentro.

Y de repente volví a mi, volví a ver la luna observándome, escuchándome como había escuchado a tanta gente, en silencio. Vi las estrellas, valiosa cáda una por su singularidad y en conjunto. Cuántas historías podría contar el cielo, pensé. Cuánta gente le había contado a la luna cosas que no podía hablar ni con si mismo.
Segundos después me sentí caer, con la delicadeza de una pluma que vacila y se deja llevar por la corriente de aire. Me sentí caer y cerré los ojos para no perder la magia, para seguir creyendo que era real. A los pocos minutos volví a sentir el frío, el rocío, mi cabeza en el pasto, más tarde mi cuerpo y finalmente los pies. Volví a abrir los ojos, esperando esta vez, no olvidarme nunca de ese efímero momento que había vivido.

Podría haber sido un sueño, podría haberlo imaginado, pero con haberlo vivido me basta. 

domingo, 15 de junio de 2014

Te regalo una flor que sólo se alimenta de lágrimas, una que sólo cuando estés triste verás florecer. Te mostrará ella el mundo de una manera que jamás has imaginado.

En los días que dejes caer tus lágrimas y ella florezca, cada pétalo estará plegado y superpuesto de tal manera que desde ese conjunto de láminas rojas puedas ver un sinfín de posibilidades y puertas nuevas que pueden abrirse.


En cambio, en aquellos momentos en los que te sientas invencible, ella estará marchita, caerá y fingirá deshacerse, recordándote así, que todo se termina y por eso debes aprovecharlo.


Te regalo una flor que sólo se alimenta de lágrimas, para que puedas ver, aquello que no estás viendo.

lunes, 9 de junio de 2014

En el bosque frío y desolado, un roble de marcada corteza, de un marrón oscuro, desgastado.

Sus raíces sobresalen de la tierra, gruesas y decididas, y se alejan haciéndose cada vez más finas. Sus ramas suben formando una estructura que meses después podrá sostener una copa sin forma definida, que cada año crece un poco más. Cada tallo, cada hoja, cada matiz de verde, de amarillo, de marrón de otoño, de ese azul que no está, saldrá de él. Cada rayo de sol que lo ilumina lo hace diferente, cada lluvia lo fortalece, y cada luna lo hace igual a todos. 


Hoy es anciano, y mira a los demás desde otra perspectiva. El viento frío le da en la cara, casi tan fuerte como si estuviera en la proa de un barco que a pesar del cielo gris oscuro sigue su camino. Hoy es anciano y el agua pasa por las grietas de su corteza, sus arrugas. Hoy todos son jóvenes y él tuvo su tiempo en otra época; pero los ve desde tan cerca que los entiende, en silencio.

El sol, la luna, el agua y la tierra no han cambiado ¿por qué habrían ellos de cambiar? Todo parece distinto, 'eran otros tiempos' dicen, pero en realidad todos pasamos por lo mismo. Las dificultades de antes eran distintas, pero parecían igual de grandes que las de ahora. Cómo anciano logra entender a los jóvenes, y se enoja con los adultos que creen saberlo todo por haber pasado los treinta años. 

El viento dá en su corteza y cierra los ojos porque sabe que ese árbol de allá, que se sacude con el viento y cree que no va a sobrevivir este invierno, se sentirá orgulloso de sí mismo en primavera. 

Cuando los vuelve a abrir se ve en la proa del barco, gris el cielo, oscura el agua revuelta, con el viento metiéndose en sus arrugas. Se da vuelta para ver a su nieto de diecisiete años, que intenta luchar con el mundo que lo rodea. Vuelve a cerrarlos porque sabe que todo va a terminar en una marca o en una victoria, y que ambas son buenas a la larga. 

En el bosque comienza a llover, y en los ojos del anciano también.