Hacía frío y se sentía caer el rocío de la noche, pero no había viento. El silencio era perfecto, se oía apenas el cantar de algún grillo y el ruido de las hojas de los árboles, pero nada más.
Sumida en mis pensamientos cerré los ojos y sentí que de a poco me empezaba a elevar. No quise perder esa sensación, sabía que no podía estar pasando, pero se sentía tan fuerte y tan real que no me animé a abrir los ojos.
Mi cuerpo de a poco se despegaba del piso, empezando con la cabeza, luego con la espalda, unos segundos después, los pies. Sentía la brisa pegarme de frente, como si estuviese subiendo, pero ninguna parte de mi cuerpo tiraba hacia abajo. El movimiento era casi imperceptible, pero estaba casi segura de estar volando. A los pocos minutos me sentí caer un poco y frenar. Abrí los ojos, algo decepcionada, esperando encontrar la realidad, y me sorprendí.
Me vi acostada sin ningún esfuerzo sobre un colchón de nubes que parecía no terminar nunca. Un eterno mar blanco y esponjoso que me contenía. Miré hacia arriba y ví, mas claro que nunca, el cielo estrellado y la luna, gigante, irradiando una luz que permitía ver las cosas con la claridad justa para no interrumpir la calma.
Supuse entonces que podía sentarme, y así fue. Ahí me quedé, observando el paisaje unos minutos, sintiendo el viento, el silencio infinito, la inmensidad de lo que me rodeaba.
Miré cáda estrella, y como tantas veces había hecho, me recordé a mi misma cuán pequeños éramos con respecto al universo y qué difícil era notarlo en el día a día, sumidos en nuestros problemas que siempre parecen inmensos. Miré cáda estrella y me aterró la inmensidad, lo desconocido, el infinito y lo que éste podía contener. Incontable cantidad de planetas, estrellas y galaxias, y nosotros situados en un punto casi imperceptible.
Más de seis mil millones de almas, con sus respectivos sentimientos, sueños, valores, historias y culturas, conviviendo -bien o mal- y luchando a su manera por lo que esperan para sí y para los demás. Más de seis mil millones de almas entrelazadas, a veces sin saberlo, a veces estando cerca y a veces estando tan lejos. Gente enamorada, gente transitando una crisis, gente emocionada, gente sabia, gente con odio, gente con esperanza, gente buscándose a si misma, buscando alguien con quién compartir la vida. En un mismo instante en ese punto insignificante, gente haciendo el amor, gente con un arma en la mano, gente llorando desconsolada, gente arrpentida, gente orgullosa de un logro, gente dependiendo de alguien o de algo, gente tratando de olvidarse de todo. Vi todo eso, los vi, nos ví, solos y a la vez juntos, tan fuertes y a la vez tan débiles por dentro.
Y de repente volví a mi, volví a ver la luna observándome, escuchándome como había escuchado a tanta gente, en silencio. Vi las estrellas, valiosa cáda una por su singularidad y en conjunto. Cuántas historías podría contar el cielo, pensé. Cuánta gente le había contado a la luna cosas que no podía hablar ni con si mismo.
Segundos después me sentí caer, con la delicadeza de una pluma que vacila y se deja llevar por la corriente de aire. Me sentí caer y cerré los ojos para no perder la magia, para seguir creyendo que era real. A los pocos minutos volví a sentir el frío, el rocío, mi cabeza en el pasto, más tarde mi cuerpo y finalmente los pies. Volví a abrir los ojos, esperando esta vez, no olvidarme nunca de ese efímero momento que había vivido.
Podría haber sido un sueño, podría haberlo imaginado, pero con haberlo vivido me basta.